
-Mi Señor os requiere.
Atrapados. Volver atrás era un mal paso. Seguir adelante era un mal paso. Detenerse era un mal paso.
El aventurero apartó un mosquito de un manotazo. ¡Pantano apestoso! Le estaba emponzoñado la mente. No podía pensar. No quería volver atrás. Había otro camino. Tenía que haberlo. Mató otro mosquito que ya estaba chupándole en el brazo. Miró ausente la picadura. Justo al lado una pequeña cicatriz redonda, una vieja quemadura, cortesía de Penthesilea. En la muñeca un navajazo de Pem, apenas una delgada línea blanca. Espantó otro mosquito. ¡Maldito pantano! Enojado empezó a quitarse las ropas hasta quedarse en cueros. Otras cicatrices empujaban su carne y su memoria, pero no les dio tiempo.
Con manos firmes tomó puñados de barro y se embadurnó de la cabeza a los pies.
-¿Milord?
No había barro suficiente para cubrir sus recuerdos. No sobreviviría a otro reencuentro. Tenía que existir otro camino. Volver a Babilonia no era una opción. Ya no eran los mismos. Ni él ni ellos. Pero él, el maldito desgraciado sin corazón, era el único que parecía penar por ello.
La aventura no es una silla en la que acomodarse. Siempre duele.
-¿Milord?
Es una maldición. No se puede evitar. Las estrellas tiran de él, las mareas de la luna le desvelan. Aventurarse es la respuesta a una llamada imperiosa, exigente. Despiadada. Cruel. Una religión que condena al ostracismo a sus devotos. Pero su sangre aún recuerda cuando explorar no era un vicio solitario. No podía volver. Babilonia se había convertido en un cementerio.
-¿Milord?
Regresar era impensable. No se celebra un funeral cada semana por el mismo muerto. Elevó una plegaria a los dioses que fueran, o aunque no lo fueran.
-¡Milord!
-¿Eh? ¿Qué?
-Mi Señor os requiere.
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