Tuesday, 26 August 2008

Walking around


El aventurero no mide el tiempo, sino las hojas muertas. El curso del río. Las flores marchitas y los brotes tiernos. El aventurero corre hacia lo desconocido porque el mundo conocido es mucho más aterrador. Una huida hacia adelante, donde ni Merry ni Pem pueden alcanzarle. Ni siquiera Penthesilea. Siguiendo un rastro de fruta podrida se adentra en el cementerio de Eros. Camina entre tumbas y mausoleos. Lápidas ilegibles. Lápidas rotas. Ansias de permanencia borradas por el tiempo. Tributos a la vanidad corroídos y mohosos. Estatuas de ángeles caídas, niños decapitados, gallardos caballeros mancos. Algún caballo cojo. Vírgenes de piedra para la eternidad. Como sombras de destinos malditos. Al aventurero le parece verlos, allí mismo, transformados en seres de cuerpos descompuestos y rostros sin expresión. Momias que empiezan a corromperse. El viejo Merry. El bueno de Pem. También ella. Penthesilea. Cadáveres andantes, caminantes en su memoria. El cementerio es una triste carta de amor polvorienta.
Lucy miraba llover desde la ventana de la cocina. El jardín trasero era una mancha borrosa en el cristal. No se suponía que mayo tuviera que ser así. Quizá había que ser lugareño para que la lluvia infundiera resolución. Lucy dudaba. Faltaban pocos días. Explorar también es arriesgado. No sólo aventurarse lo es.
El aventurero sigue las estrellas y mide las estaciones. No traza mapas porque gasta las hojas en sonetos. La geografía más interesante nunca está ahí fuera.
No existe el tiempo, sólo la conciencia.
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