
El aventurero camina con paso ligero. Ha tenido que prescindir del violín, pero no del coñac ni de la escribanía. No tarda en disponer de ambas cosas. Pero primero ensarta un par de escarabajos en sendos alfileres. Está al pie de una colina, en los alrededores de una cueva y hay unos cuantos especímenes fascinantes. Se oye el rumor de una cascada cercana. El sol aún no ha llegado a lo más alto. Entre trago y trago traza minuciosos retratos de los cadáveres.
El aventurero es feliz.
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