Wednesday, 17 September 2008

The royal pavillion


Pertrecharse para la aventura es una prioridad. Debe regresar a la civilización. Los vagabundeos le han dejado a pocas jornadas de Babilonia. Irá. Si tuviera una paloma mensajera avisaría a los otros de su llegada. No saben que será la despedida definitiva, incluso aunque vuelvan a encontrarse. Quizá haya santos que una vez muertos permanezcan incorruptos y en olor de santidad, pero sus años mozos no es uno de esos cadáveres. Hace tiempo que apesta. Mejor enterrarlo definitivamente. Un grandioso velatorio y un magnífico funeral.
Es un banquete espléndido. Ríen, comen y brindan alegremente. Desgranan anécdotas y recuerdos añejos. También hay destellos de sus vidas actuales, de las futuras. El aventurero calla. Sonríe, come y brinda. Pero calla. Sigue en silencio cuando la ropa desaparece y se entregan a la orgía de la memoria. Pem tiene nuevas arrugas y cicatrices que se complace en explorar. Merry le devuelve un par de mordiscos que tenía guardados. Penthesilea dinamita su corazón. Eso tampoco es nuevo. Sudor, ritmo. Es el jazz del adios. El saxo más voluptuoso. La trompeta más triste. Esto es todo lo que puede conseguir, ya no hay más.
Parte con las primeras luces del alba. Consigue escabullirse del confuso montón de cuerpos sin despertarles. Una última ojeada desde el umbral. Extravagante, caprichosa despedida.
Su olor le acompañará durante semanas.
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