Friday, 19 September 2008

La medida del mundo


Sonetos, odas, haikus, incluso algún dístico elegíaco. La exuberancia verbal del aventurero no conoce límites. El sol hace bailar su sangre y sus huesos, se le desborda en la lengua. No hay brújulas ni mapas ni siquiera caminos. Alguna senda a tramos incompleta. No hay mundo. No hay nada. Sólo él, los árboles y los pájaros. Piedras, ríos, gatos monteses. Los días se convierten en semanas, en meses. Camina montaña arriba montaña abajo. Atraviesa valles y praderas. A veces encuentra pequeñas aldeas. Aborígenes. Desertores de la civilización. Caravanas que han extraviado el rumbo. El aventurero les sonríe a todos, aunque habla más con los ciervos de las manadas de los bosques vírgenes. Los ciervos nunca le responden. El aventurero lo agradece.
En la claridad prístina de su mente no hay sitio para otros. No todavía. La forja, como aventurarse, requiere de una clase especial de paciencia.
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