
Los días siguientes se le fueron en un frenesí. Visitas a quirománticos, consultas astrológicas, adivinos, pitonisas. Oráculos y sibilas. Un búho ululó bajo su ventana. Comió una galleta de la fortuna. Palabras y más palabras. Lucy guardó el cazamariposas.
Un gato negro se atravesó en su camino y su gato, ese que no existía pero ya tenía nombre, bufó en respuesta. Todo inútil. Lucy sabía que estaba condenada. Sentenciada. El espejo ya no le devolvía su reflejo. Ella ya no estaba allí. Expulsada. Desterrada. ¡No!, gritaba. Pero ni siquiera ella podía oír su propia voz. Resonaban los ecos de una amenaza. "¡Vete!"
Lucy se escondió en el hueco del reloj, como el séptimo cabritillo, y esperó que el Lobo Feroz no la encontrara. Pero no era un cuento y ella no era un cabritillo. El Lobo Feroz, que no era tal, dio con ella y se la comió.
Ya no existía Lucy en F. Land.
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