
Los colonos creen que es un tipo tranquilo. Silencioso, eso sí. Un poco raro. Pero trabaja duro y no se mete con nadie. A vecen le ven sentarse junto a la noria mientras anochece. Parece hipnotizado.
Algunos empiezan a murmurar. Que si es un profeta, un iluminado, un farsante. Que si está trastornado, penando, cumpliendo una promesa. Cuchicheos. Es lo más emocionante que les ha ocurrido desde que un oso destrozó las barricas de whisky del viejo Jim, al otro lado del río.
El aventurero come, trabaja, duerme.
No sabe cuántos días han pasado, ni cuantas noches. Pero cuando despierta en medio de la oscuridad y sale al exterior hay luna llena. Una gigante luna llena sobre las copas de los árboles. Puede que ahora se afeite todos los días y mantenga el pelo pulcramente recogido con una cinta, pero algo salvaje dentro de él responde al influjo de la luna. Su voz sale ronca, quebrada. No sabe por qué. El hacha está donde la dejó, en el cobertizo de las herramientas. Son golpes rabiosos los que inutilizan la noria. Sobre el cadáver de madera y barro aúlla a la luna.
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