
El príncipe Jijí de Jijistán tuvo una terrible rabieta cuando se enteró. Tres días estuvo enfurruñado, maldiciendo a los criados y cabalgando hasta la extenuación. Le picaban los dedos de ganas de castigar a alguien. Cruelmente. Su emisario más veloz había regresado acompañado, pero no por el aventurero sino por sus alegres compañeros. Enviados de buena fe para cumplir el encargo. El príncipe Jijí aullaba de rabia.
Muchas muchas millas al noreste, el aventurero disfrutaba de su camino solitario. No tenía sentido engañarse más. Explorar arrastra la maldición de la soledad. A la luz de la hoguera compuso una oda a las bellas princesas muertas. Enrolló la hoja y la metió en una botella. El río la acogió.
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