
"Tienes al diablo tras tus pasos" le dijo una vez una vieja adivina. Él la creyó y desde entonces jamás se detuvo, para no darle al diablo oportunidad de alcanzarlo. Sin embargo, los años han pasado y ya no es el diablo quien le asusta.
El aventurero está inquieto. Un descuido imperdonable y una crecida del río inesperada le han dejado con lo puesto. Ya no hay tinta ni papel para inspirados sonetos, no más deliciosos guisos en la cazuela, se acabaron los violines junto al fuego. Está varado en medio de la nada con nada.
Bucea entonces en sus deseos, afinando su pureza, puliéndolos como diamantes de una mina olvidada. Recupera lo que siempre fue suyo sin saberlo. En el crisol de la adversidad se forjan los sensualistas.
No es al diablo a quien hay que temer, sino al sol.
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