
Llovía. Oficialmente iniciado el verano, llovía. No una tormenta estival, pasajera. No. Era una cortina de agua constante desde el amanecer y ya estaba mediada la tarde. Rupert era indígena, él sí extraía súper poderes de la lluvia. Pero Lucy no. Así que ella estaba calada hasta los huesos y la boca fruncida en un puchero.
Rupert la acompañó hasta la puerta de su casa y esperó mientras ella buscaba la llave, la encontraba y abría. Pero no le invitó a entrar.
Lucy le vio irse desde la ventana, caminando bajo la lluvia torrencial como un bravo caballero, armado con su paraguas y sus botas Wellington. Al llegar a la esquina Rupert se giró. Lucy le saludó con la mano medio oculta por las cortinas. De lejos, parecía como si llevara una túnica y con el regio ondular de su mano estuviera despachando a algún inoportuno. Pero su sonrisa torcida era oro puro.
El aventurero nunca dice adiós. Sería tentar la suerte.
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