
El aventurero fuma frente al fuego, la vista fija en la trucha que se asa sobre la piedra. Pero no la ve. La trucha que hay ante sus ojos no es la misma que hay en su mente. Esa otra trucha sucedió muchos océanos y continentes antes. Cuando eran cuatro los que hollaban caminos inexistentes. Una noche en la que la pesca se dio mal y la caza peor. Una trucha para cuatro. Pero la petaca de Merry y los recursos herbolarios de Penthesilea alegraron la cena. Fue una de esas noches. Sin rabia. Sin dolor. Sólo fiebre. Fiebre. Manos ásperas, caricias suaves. Penthesilea se abría como una Dama de Noche, fragante en su exhuberancia. Juegos gentiles. El aventurero se recuerda suspirando "Pemmm" con total abandono. Merry ardía a fuego lento. Disfrutaba quemándose. Los gemidos auyentaron a las bestias hasta el amanecer.
El aventurero maldice ante la trucha quemada. Otra noche sin cenar. No importa.
Se alimenta de amor.
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