
Narciso es caprichoso. Siempre ha sido caprichoso. Pero no siempre ha sido Narciso. Las abejas del aprendizaje liban en flores inesperadas.
Los dioses del Olimpo son avariciosos, codician lo que no tienen. Atacan, persiguen, seducen, engañan. El estupro como posesión.
Un caballero nunca habla de sus conquistas, pero se le presuponen amplias y variadas. Los motivos de esas conquistas también son amplios y variados. El deseo restalla por causas caprichosas. Unos labios dulces y voluptuosos que esconden una sonrisa que un colmillo torcido vuelve maliciosa. En otra, largas piernas femeninas de andar equívoco. Un ingenio irónico y expresión sarcástica. Una piel dorada como trigo maduro. El deseo se enciende con distintas chispas, pero siempre es fuego que quiere poseer, quemarse en él, como si el sexo fuera un robo, el hurto de lo deseado. Hasta que un día ya no desea más. La caja fuerte está llena, no hay más joyas que robar. Su cabello es gris y su rostro ya no es terso ni inocente. Pero el espejo le demuestra que todavía es capaz de desear. Furiosa, caprichosamente. Se gusta tanto que se codicia a sí mismo. Porque el cofre que es su yo está lleno de tesoros, robados o no.
En su vejez, Narciso es feliz como nunca lo ha sido. Conocer a otro Narciso es una felicidad que va más allá de la posesión. Soy yo y soy otro. Narciso está enamorado.
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