
Llueve. Siempre llueve en F.Land. O casi.
Cuando Lucy llega a casa nadie sale a recibirla y no puede evitar recordar al gato que aún no tiene y al que ya le ha puesto nombre. Lo cual demuestra, piensa Lucy, que es posible tener amigos imaginarios después de los siete años.
El primer té lo toma en el asiento de la ventana. La lluvia en F.Land posee una extraña cualidad, esquiva, infrecuente. Algo casi mítico. Una bendición para los locales y un castigo para los visitantes. Lucy observa. Es fácil distinguirlos. La lluvia es como kriptonita para ellos. Pero para los locales, los naturales de F.Land, es su rasgo más característico. Ha definido lo que son. Agua. Siempre agua. Alrededor y por encima. Quizá hay que ser de una pasta especial para mantener los pies firmemente sobre la tierra cuando no puedes ir a ninguna otra parte. Porque no hay más tierra. Sólo agua.
F.Land es la civilización definitiva. Por necesidad.
Porque F.Land está tan lejos del mundo como Avalon.
Lucy no quiere ir a Avalon. Quizá, si surgiera, si se lo ofrecieran un fin de semana que no tuviera otra cosa que hacer ni demasiada pereza, quizá entonces, sólo entonces, iría a Avalon. Pero F.Land...
... le apetece tanto vivir en F.Land!
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