
El aventurero sabía que estaba enfermo, febril. La urgencia de encontrar un lugar seguro y caliente para descansar estaba agotando sus escasas fuerzas. El poblado parecía abandonado, aunque las puertas y ventanas se veían cuidadosamente cerradas y los visillos primorosamente limpios. Quizá ya estaba alucinando. Entró en un establo, desierto como el resto, y buscó acomodo entre la paja. ¿Por qué hay paja si no hay caballos ni cuidadores?, se preguntó, pero un ladrido espantó cualquier posible respuesta. Un perro flaco y magullado enseñaba los dientes en una esquina. ¡Perros!, pensó con disgusto.
El aventurero lo tentó con palabras suaves y gestos aplomados, después alguna caricia. Deliró durante días. El perro le lamió la fiebre. Cuando se recuperó y siguió su camino, el perro fue tras sus pasos. Intentó alejarlo con más palabras dulces y mano autoritaria, pero el perro tan solo se retrasaba unas millas antes de volver a saltar a su alrededor. Algunas noches después el aventurero compartió su magra cena con el maldito perro y se lamentó de su mala suerte. Recuperar la salud para perder la cabeza. Porque al alba acunó al perro muy despacio y con cuidado le metió una bala entre los ojos.
Muchos océanos y continentes después, un chamán lo expulsó de una ceremonia de purificación.
El aventurero no se lo discutió.
.




